¿Por qué se compite más rápido de lo que se entrena?

En competición siempre somos capaces de rendir a niveles que nunca alcanzamos ni en los entrenamientos más exigentes. Un nuevo estudio descubre cuál es la diferencia para dar ese extra competitivo.

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Manu Merillas
Manu Merillas

Es una hecho irrefutable: se corre más cuando se compite que cuando se entrena. Es algo que le ocurre a todo corredor y que parecía no tener una explicación más allá que el de la motivación, que a una carrera siempre se llega en un estado de forma óptimo, tras haber entrenado durante semanas, haber hecho el periodo de tapering, etc… pero no una razón científica que nos dijera qué es lo que le ocurre a nuestro cuerpo y mente para ser capaces de rendir más el día de la carrera.

Ahora un equipo de la Universidad de Essex ha conseguido arrojar algo de luz a este tema con un estudio en el que han querido estudiar los mecanismos que nos permiten tener un mejor rendimiento en una competición que en un entrenamiento.

Para hacerlo, el equipo de investigadores plantearon a varios ciclistas que hicieran un entrenamiento en solitario de 4 kilómetros al máximo nivel, para después hacer una carrera con otro ciclista de esos mismos cuatro kilómetros, intentando buscar las diferencias que existen entre el entrenamiento y la competición.

Los primeros resultados no fueron una gran novedad: todos los ciclistas completaban esos 4 kilómetros más rápido cuando competían con otro ciclista que cuando lo hacían en solitario. De media, el entrenamiento en solitario les tomaba unos 11 segundos más que cuando se competía con otro ciclista (6’22” frente a 6’33”).

Antes y después de cada actividad, los investigadores les pidieron a los ciclistas que dieran una “contracción máxima voluntaria” de los músculos de las piernas y, utilizando una estimulación eléctirca, midieron cuanta fuerza extra podía ser producida por los músculos.

Con estas mediciones pudieron calcular dos aspectos decisivos: por un lado la “fatiga periférica”, es decir, cómo de débil estaba el músculo después del ejercicio, así como la “fatiga central”, que es la diferencia de fuerza que había en las señales entre el cerebro y los músculos tras el ejercicio.

Los resultados mostraron que la fatiga central era prácticamente la misma en ambos casos (un descenso del 4.9% en la competición y un 3.4% en el entrenamiento), mientras que la fatiga periférica era mucho mayor en el caso de una competición que en el de un entrenamiento (un descenso del 23.1% frente al 16.2%).

Según los autores, “la presencia de un sujeto competitivo parece que permite a los participantes del estudio a utilizar más capacidad física, gracias a una mayor capacidad de tolerar altos niveles de fatiga perimetral”.

Cuando nos ejercitamos a altas intensidades, nuestro cuerpo genera una serie de metabolitos en nuestros músculos, como el lactato, iones de hidrógeno o ATP, que generan una señal que viaja al cerebro y éste interpreta como dolor. Por tanto, la capacidad que tengamos de ignorar ese dolor durante más tiempo hace que puedas tener un mejor rendimiento y, cuando tenemos un oponente, esa capacidad de obviar el dolor es más alta y, por ende, mejoramos nuestro rendimiento.

Extracto del estudio de la Universidad de Wessex

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