CRÓNICA DEL GUÍA ALBERT GINÉ

UTSM 2012: “Mis ojos confirman que vieron un milagro”

Esta es la crónica personal de Albert Giné, gúia del invidente Javier Fran durante la Ultra Trail Serra del Mont Sant, en la cual se tuvieron que enfrentar a unas terribles condiciones metereológicas pero que con su fuerza de voluntad lograron terminarla.

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El guía Albert Giné y el invidente Javier Fran se abrazan tras llegar a la meta de la UTSM 2012
El guía Albert Giné y el invidente Javier Fran se abrazan tras llegar a la meta de la UTSM 2012

«Viernes a primera hora de la tarde paso a recoger a Javier Fran a la estación de Lleida. Lo veo bien, pero ya de entrada me dice que ha entrenado poco… no es posible pensé, pero si yo sólo le decía que se olvidara de todo que yo me ocupaba y que él sólo tenía que dedicarse a entrenar… ¡Madre mía!

Antes de salir de casa, ya sabía que nos enfrentábamos a un reto descomunal. Nunca se lo dije a Javier Fran. Sólo le dije que era un gran desafío.

En el trail de Guara ya saqué algunas conclusiones. Si además le añadimos el mal tiempo que hemos tenido… Aún estoy asombrado de lo que hemos hecho, aunque me veo microscópico al lado de Javier.

La noche del viernes necesitaba tranquilidad y optimismo. Decidí que iría a ver a mi amigo Toni Arbonés, que tiene un camping en Siurana y allí pasaríamos la noche. Aquellos que no lo conocéis, os diré que es de los mejores escaladores del mundo, otro «loco» de los que me gustan, de aquellos que luchan al límite para todo. él, que ha corrido y ganado esta carrera, es una persona que no sabe lo que es la palabra difícil. Pero cuando le presenté a Javier Fran y le conté lo que íbamos a hacer, me dijo literalmente «¿Estáis locos?» Ostras, pensé, si él nos dice esto…

El sábado por la mañana, la madre de Toni, nos cuidó como si fuéramos sus hijos preparándonos un desayuno propio para la ocasión, y ya después enfilamos el camino de Cornudella del Montsant. Llegamos justos al control de material…

Tras el pistoletazo de salida y con la compañía de mi amigo Joe Rosich, corrimos los primeros metros deseándonos suerte y yo en broma le dije: «Tira, tira, que ya te atraparé más adelante!»

Después de los primeros kilómetros de carrera, los más rápidos, pronto nos quedamos solos. Era mejor que mantuviéramos nuestro ritmo que no era malo (5.2 km / h) y así ir subiendo hasta llegar a los 5.7 km / h. Detrás nuestro sólo teníamos al corredor “escoba”.

A lo largo del recorrido, intentaba descifrarle todo lo que veía: “Levanta los pies, escalones de subida, agacha la cabeza, piedras…” Todo estaba previsto hasta que a mitad de tarde nos empezó a llover, lo que complicó la ultra trail aún más. Las rocas patinaban muchísimo por lo que el peligro se multiplicó. Un esguince o una caída era tan fácil como dar un paso más. Hubo momentos que no podía avisarle de las piedras porque todo lo eran.

Sólo deseaba que parara de llover, porque si las condiciones no cambiaban, sería un milagro llegar a meta. Teníamos que llegar como fuera a Cabacés, km 52.2, antes del cierre de control a las 20:40. Lo que no podía imaginarme jamás era que para llegar tenía que meterme por la niebla que no me dejaba ver ni los pies. Me entraron ganas de llorar pero no podía decírselo Javier. Tenía que estar pendiente del suelo pero también de intentar ver las cintas y controlar el tiempo. Pense que mi cabeza iba a explotar.

Aproximándonos ya a Cabacés escuché unos gritos que parecían de mi familia, mis padres, mi hermano, mi ahijado y, como no, mi mujer, que en estos momentos su apoyo es fundamental. Me dijeron que faltaban 10 minutos para cerrar el control pero no los veía, algo un poco angustioso. Cuando sólo faltaban 5 minutos para cerrar el control llegamos. Javier Fran tenía los pies tan arrugados que parecían todos una llaga, y yo me encontraba destrozado mentalmente del estrés y sufrimiento.

A pesar de todo, tras avituallarnos, partimos enseguida ya que en el km 71 hay otro control de paso y teníamos que llegar antes de la 1:30 de la madrugada. Nos quedaban 700 m. de desnivel positivo y 800 m. negativo. Y las condiciones empeoraron todavía más…

La subida a La Figuera la hicimos con ansiedad, desafiando al mundo, pero la bajada a la Vilella Baixa fue muy difícil ya que era una pendiente muy pronunciada y embarrada. Patinamos muchísimo, no aguantábamos de pie. ¡Con esquís se hubiera bajado mucho mejor! No tenía miedo, pero sí que pensaba en cómo aguantar a Javier Fran por aquella bajada enjabonada. Una vez terminada, nos dirigimos al control de la Vilella Alta donde llegamos a la 1:10 de la madrugada con 20 minutos de sobra.

Faltaban 20 km para llegar a meta… Al salir dirección a Escaladei subimos hasta arriba del pueblo y entonces nos encontramos un cruce donde había una niebla que solo me dejaba ver a Javier Fran y poco más. Giré hacia la derecha siguiendo las cintas que nos deberían llevarnos a Escaladei pero que nos conducirían otra vez a la Vilella Alta. Después de 40 minutos y 3 km, llegamos de nuevo al control y yo con un tono alto y con un ataque de nervios les dije: «¿Qué coño pasa? ¡Si he seguido las cintas! ¿Hacia dónde está? ¿Qué pasa? » Me contestaron que al llegar arriba, donde la niebla era tan intensa, teníamos que haber girado a la izquierda. No me podía creer lo que oía, ya que lo único que hice fue seguir las cintas.

Volvimos una vez más arriba y al llegar al cruce giré a la izquierda por donde también había cintas. Había cintas a ambos lados, pero también un cartón identificativo con una flecha reflectante que dirigía a la izquierda que yo no pude ver con tanta niebla. No culpo a la organización ni mucho menos, ya que el circuito estaba muy bien señalizado.

Me puse muy nervioso y me sentí culpable por aquel error. Javier sólo me repetía que no llegaríamos me tiempo, ya que en Escaladei estaba el último control de paso al que después de luchar de forma inhumana, llegamos 8 minutos después del corte horario. Gracias al médico y al resto de la organización, nos dejaron seguir la carrera, aunque sin duda la hubiéramos hecho igual. En aquellos momentos ya no nos preocupaba el tiempo. Solamente quisimos terminar esa hermosa historia de superación personal.

Continuamos hacia la Morera del Montsant sabiendo que teníamos hasta las 9 de la mañana para llegar a Cornudella y con la sensación de que éramos invencibles y que nada nos podía parar.

Sin embargo, aun faltaba la última prueba, ya que un aguacero como hacía tiempo que no veía nos quiso acompañar hasta meta, lo que junto con la fresca de la madrugada y un ritmo que yo no estoy acostumbrado a llevar, hizo que me quedara helado. Esperaba que Javier no me pidiera sacarle una piedra de la zapatilla, ya que no hubiera tenido tacto para desatarle los cordones.

Bajamos hacia Cornudella como si fuéramos por en medio de un río, ya que aquel sendero parecía un riachuelo que nos remojaba los pies hasta los tobillos. Pero ya no notaba dolor, simplemente felicidad y orgullo de haber tenido el placer acompañar a este héroe. Un kilómetro antes de llegar a meta, paré para darle un abrazo y contarle lo orgulloso que estaba.

Todo lo vivido queda ya dentro de nosotros y sólo aquellos que han hecho cosas de las que se sienten orgullosos pueden sentir lo mismo.”

Blog de Albert Giné



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