Sobre la (no) devolución de la inscripción en las carreras canceladas por el coronavirus

La suspensiones de pruebas han acarreado un conflicto de intereses entre corredores y organizadores en el que revolotean algunos aspectos sobre los que merece la pena reflexionar.

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Salida de Transvulcania 2019   Jorge Millaruelo

La crisis sanitaria del coronavirus COVID-19 ha hecho saltar por los aires todos los calendarios deportivos. En el trail, la gran mayoría de competiciones previstas desde mediados de marzo se han visto obligadas a la suspensión, ya sea con un cambio de fecha hacía un abarrotado otoño o directamente con la cancelación. 

Ante esta situación inesperada y sin un ente de coordinación que aúne criterios, cada una de las organizaciones lo ha gestionado lo mejor que ha sabido, dibujando distintas políticas de devolución. Hemos visto desde el retorno total del coste de la inscripción, como buena parte de las españolas [ver tabla adjunta] y Western States, entre otras, al no reembolso de Tromso Skyrace, que informó de la donación del dinero recaudado a la Cruz Roja noruega, pasando por modelos intermedios como el del Ultra-Trail del Mont Blanc, que analizamos con varios corredores profesionales

Las reacciones por parte de los corredores también han sido muy diversas. Si bien en muchos casos ha habido empatía con los organizadores, en otros (seguramente menos, pero muy notorios) los clientes más descontentos han afilado sus críticas hasta ver caer el evento. Fue el caso de Andorra Ultra-Trail, a la que devolver el 70% de la inscripción no le libró de una polémica que ha acabado con la desaparición de la carrera, como nos explicó su ya exdirectora Lídia Martínez.

Los gastos ya realizados, que debería variar en función de con cuánta antelación se haya cancelado la prueba, son el principal argumento que han esgrimido las organizaciones para justificar la parte que se han quedado. Un concepto razonable desde el punto de vista del organizador, pero a veces incomprendido por los corredores que pagarán por un servicio que no van a recibir. En este conflicto de intereses, entran además otros aspectos sobre los que merece la pena reflexionar.

¿Empresa, club o entidad pública?

En un deporte tan joven como el trail running, el entramado de organizadores es muy heterogéneo: desde instituciones públicas, a clubs deportivos y a empresas privadas. Todos ellos trabajan durante meses, a veces coordinados, para que todo salga lo mejor posible el día de la carrera. Sin embargo, y aunque no se puede generalizar, las consecuencias de la cancelación para cada uno de estos tres estamentos pueden ser muy diferentes.

Habitualmente las entidades públicas cuentan con una partida asignada (vía subvención o directamente en los presupuestos) para la celebración del evento. Se entiende como una inversión que busca, además de promocionar estilos de vida saludables, desarrollar el territorio. Puede tener objetivos a corto plazo, como generar movimiento económico durante el fin de semana del evento, o una mirada más ambiciosa intentando ubicarse en el mapamundi de los deportes de montaña, atrayendo este tipo de turismo durante todo el año. 

En el caso de los clubs, en la gran mayoría de casos responden a la iniciativa de amantes de este deporte que, tras haber disfrutado en carreras en otros lugares, quieren aportar su grano de arena poniendo su trabajo de forma voluntaria. Es una forma muy enriquecedora de formar parte de la comunidad, viviendo el trail running desde el otro lado de la barrera.

Por último, están las empresas que se dedican de manera profesional y que -por suerte o por desgracia- están obligadas a competir con los dos anteriores. Sus gastos acostumbran a ser notablemente superiores, ya que además de la infraestructura necesaria, crean puestos de trabajo específicos para estas tareas que, en las más grandes, son durante todo el año. Su número de participantes suele ser alto de manera que si todo va bien, podrán recuperar los gastos ya realizados y generar beneficios. Ahora bien, si hay problemas, difícilmente encontrarán un colchón que les impida caer al vacío.

¿Pagamos lo que cuesta nuestras competiciones?

Todos sabemos que es imposible organizar carreras por montaña en las que hubiera que pagar por todos los servicios que recibimos, en las que cada persona que vemos en los avituallamientos, en la entrega dorsales o en las escobas percibiera una recompensa económica por las horas dedicadas y la responsabilidad adquirida. Es así, nos debemos al trabajo voluntario, que no siempre valoramos.

En este sentido, a veces echo de menos cierta comprensión cuando las cosas no van salen como uno espera. Si durante unos años nos hemos beneficiado de ese esfuerzo altruista, vista la situación, ¿no somos los corredores también capaces de arrimar el hombro?

Por otro lado, como ya hemos avanzado, el trail running también depende en buena medida del turismo. Muchas pruebas se organizan con el objetivo de dinamizar este sector, ya sea en zonas despobladas donde las oportunidades de negocio son escasas o en grandes destinos que quieren reforzar su posicionamiento en el turismo deportivo o desestacionalizar la temporada. 

Las carreras en este caso se utilizan como reclamo y se publicitan como parte de una estrategia promocional más completa. Y esta promoción cuanto más potente sea el evento, más recursos necesita. Los anuncios en medios, una visibilidad continua en redes sociales o la asistencia a ferias generan unos gastos que son soportados con la venta de dorsales. ¿Y qué pasa si no hay carrera? Aquí hay tema: por un lado, son gastos que no corresponden a los servicios que se le darán al corredor, por lo que no tendríamos por qué asumirlos; por el otro, ese objetivo turístico es la principal razón de ser de muchas carreras por lo que, si no se utiliza en la promoción, dejarán de realizarse.  

Comunicación y transparencia

Como vemos, se trata de un tema complejo en el que a veces es difícil discernir quién puede tener más cuota de razón. Por ello, en un momento de incertidumbre como en el que nos encontramos, es más importante que nunca trabajar en una buena comunicación, enviando mensajes claros y aportando toda la información posible. 

En esta línea, destaca el ejemplo del Ultra-Trail del Mont Fuji. La carrera nipona, prevista para finales de abril, se canceló oficialmente el 12 de marzo (fecha en la que en España todavía no había empezado el estado de alarma), devolviendo únicamente el 26% de la inscripción. Sin embargo, hizo algo de lo que no hemos encontrado más ejemplos: enviar un documento explicativo de los gastos e ingresos de la organización hasta la fecha. Obviamente, se podrán creer o no estos datos (no se adjuntan facturas u otros documentos) pero la transparencia pone un importante punto de luz sobre su labor y facilita el entendimiento por parte de los corredores.

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