HISTORIA DEL TRAIL RUNNING

Las raíces como corredor de Anton Krupicka

Hace unos días, el corredor norteamericano hizo un ejercicio de memoria para recordar sus comienzos en esto de correr. Con 13 años finalizaba su primer maratón e iba y volvía corriendo de la escuela, a más de 10 kilómetros de su casa. Así son las raíces de «The Prophet».

Author: | No hay comentarios | Compartir:
Anton Krupicka en la Miwok 100
Anton Krupicka en la Miwok 100

“El otro día, regresando hacia mi apartamento tras el entreno, me vinieron a la mente mis raíces como corredor. Iba pensando que cuando tenía 13 años, corría regularmente carreras de 20 millas. Más de 15 años después, mis actuales desafíos –carreras de 100 millas o entrenos hasta las cimas de las montañas- tienen más sentido con este tipo de perspectiva e historia.

Esta temporada en Boulder la nieve ha dejado uno de los mayores depósitos de la temporada. Cuando estaba creciendo en las colinas ventosas de Nebraska, el viento hacía que la nieve se tragara los coches y recuerdo que el invierno de la temporada 1996-1997 fue totalmente excepcional.

El verano anterior había corrido mi primer maratón alrededor del Lago Okoboji, en el noroeste de Iowa, y este logro cimentó en mí la idea de convertirme en corredor. No os equivoquéis, ya me tomaba a mí mismo muy en serio por aquel entonces –tengo escritos los entrenos de cada día desde la primavera de 1995- pero en el otoño de 1996 subí esa apuesta de forma consciente.

Recuerdo la conversación perfectamente. Estábamos a mediados de agosto, un mes después de mi primer maratón, y la pretemporada de fútbol acababa de comenzar. Estaba recortando las hierbas con mi padre y le explicaba cómo la mejor forma de ir acumulando millas era ir y volver corriendo desde la escuela. Eran 6,5 millas cada viaje y con ello eliminaba los 15-20 minutos de dar vueltas en el coche de mi madre hasta que había terminado la práctica de futbol. (Mirándolo ben, era un poco estúpido, ya que apenas ganaba unos 30 ó 40 minutos por no ir en coche. Ya estaba seguro de que mi motivación real se basaba en la mitología keniata de ir y volver corriendo desde la escuela).

Así que fue eso lo que hice. El fútbol salió de la ecuación cuando sufrí una caída durante un partido y necesité 15 puntos para cerrar una herida en la rodilla. Necesité muletas un par de semanas y recuerdo levantarme antes para dar una vuelta de una milla subido en mis muletas antes del desayuno. La rodilla estaba para correr tras un par de semanas y no me costó mucho volver al lío.

Ir y volver corriendo de la escuela se convirtió en algo normal. El viaje de unos 10 kilómetros me llevaba unos 40 ó 50 minutos y desarrollé un pequeño juego para tratar de llegar antes que mi madre en las últimas 3 millas. Cogía ventaja en la bajada hasta el Río Missouri y esprintaba la milla final en 5’10”. (En la primavera fallaría en mi intento de rebajar los cinco minutos en los 1.600 metros de la competición del instituto, acabando en 5’02”. Siempre culpé a haber competido primero en los 800 metros)

Mi madre me llevaba la mochila y la ropa al colegio, donde trabajaba como profesora, así que si conseguía ganarla, me daba tiempo a dar unas vueltas al cementerio del final del pueblo, esperando a que ella pasara.

La vuelta a casa era un asunto más meloso (siempre he sido una persona “mañanera”) y tras cambiarme de ropa, volvía a casa con un simple esfuerzo. Poco a poco fui incrementando la longitud del entreno vespertino una o dos veces por semana, aumentando deliberadamente el recorrido hasta el rango de las 10-15 millas. Y en los fines de semana cogí la costumbre de hacer una salida de 22 millas los domingos por la mañana. Tenía una ruta de 22 millas con el que trataba de emular al legendario Arthur Lydiard y su circuito en Nueva Zelanda, el Waiatarua Circuit de Auckland. Al no haber agua por el camino, me iba al abrevadero de caballos, dejando correr el agua por mis piernas con una manguera mientras bebía una jarra entera de zumo de naranja.

Ese mes de octubre conseguí hacer mi primera semana de 100 millas, coronada con mi habitual carrera de 22 millas del domingo. La diversión de verdad comenzó en noviembre. Antes del día de acción de gracias teníamos clase sólo la mitad del día, así que cogí ese par de horas extras para una salida larga. Pero en ese momento comenzó una de las típicas ventiscas de Nebraska. A pesar de ello, en lugar de sentirme afligido, me dio más fuerzas y aumenté la distancia hasta las 20 millas, supongo que sólo para ver si podía hacerlo.

Correr se convirtió rápidamente en un factor de mi personalidad, tanto como lo es hoy. En un tiempo en el que no me identificaba con mis compañeros; era mi forma de diferenciarme, reforzando mi propia imagen y calculando mi autoestima. En ese tiempo no era capaz de entender del todo esas cosas, pero sí sabía que marcarme estos objetivos y cumplirlos con asiduidad suponía una recompensa que nunca antes había conocido.

No estoy seguro de que mis padres percibieran mi locura (Mi padre dice ahora que “era obvio que no te íbamos a quitar esas ideas de tu cabeza y pensé que era una buena meta para perseguir”. Recuerdo más de una tarde en la que ya estaba oscuro y quizá caía nieve y bajas temperaturas, y mi padre salía a buscarme en el coche, encontrándome a unas millas de casa. A veces aceptaba subir, otras no.

Como se podría esperar, tuve una temporada primaveral muy exitosa, sin perder ni un 800 o 1.600, pero ese invierno fue lo que me marcó para el resto de mi carrera como corredor de instituto. Algunas lesiones evitaron que consiguiera completar 20 semanas seguidas corriendo 80 millas y mi marca en el 1.600 apenas mejoró otros 10 segundos cuando me gradué. (Cuando tenía 13 años medía 1m24cm y pesaba menos de 40 kilos… Creo que es difícil lesionarse cuando eres tan pequeño. Otro interesante hecho es que completé más de 3.000 millas sin lesionarme con unas Nikes que mis padres me compraron por un dólar en el mercadillo).

Sin embargo, fui cultivando una sed por completar largas distancias, carreras largas y explorar los límites de mi resistencia. Cuando la gente me preguntaba cómo empecé con los ultras, es una difícil pregunta para responder porque casi desde el principio me pareció el camino más obvio para mí.

Ahora, 16 años después y habiendo llegado a completar largas distancias y docenas de semanas por encima de las 200 millas, me gusta pensar que he evolucionado hasta llegar a una versión más sostenible para poder pasar largos periodos en las montañas. No tengo ninguna duda de que aquellos dos primeros años de correr fueron los que me llevaron a donde estoy hoy en día.

Quizá haya pasado ocho años sufriendo innumerables sesiones en campos de golf o pistas durante el instituto y la Universidad (experiencias de las que estoy muy contento de haber vivido, pero que no echo de menos), pero ahora es obvio que aun como un chaval de 13 años de Nebraska, correr una milla alrededor de una pista no era lo mío. Considerando donde estoy hoy, esas largas carreras con nieve y viento tienen ahora mucho más sentido”.

Fuente: Ultimate Direction Blog


Lecturas relacionadas
Ayudarnos a difundir la cultura de la montaña
En Carreraspormontana.com te ofrecemos gratuitamente la mejor información del mundo del trail running. Puedes ayudarnos a difundir la cultura de la montaña comprando tus libros y guías en Libreriadesnivel.com y en nuestra Librería en el centro de Madrid.

¡Suscríbete gratis al boletín del Trailrunning!

Estamos más ocupados que nunca y hay demasiada información, lo sabemos. Déjanos ayudarte. Te enviaremos todas las mañanas un correo electrónico con las noticias más relevantes del mundo trail.