Jornet reflexiona sobre temas importantes

El futuro del trail running según Kilian Jornet: olimpismo, dinero y pérdida de identidad

Kilian Jornet analiza el momento actual del trail running: el sueño olímpico, la economía de la élite, la desaparición de lo técnico y los riesgos para la identidad del deporte. Nuestro deporte crece, pero ¿lo está haciendo coherentemente?

Kilian Jornet. Foto: Nick Danielson
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El trail running o las carreras por montaña no están en crisis. Pero sí está en un punto de inflexión. Nunca había tenido tantos participantes, tanta visibilidad internacional ni una estructura económica tan desarrollada alrededor de su élite. Al mismo tiempo, nunca había generado tantas dudas internas sobre hacia dónde va, qué quiere ser y, sobre todo, qué está dispuesto a sacrificar para seguir creciendo.

En una reflexión extensa y honesta publicada recientemente, Kilian Jornet ponía sobre la mesa muchas de esas tensiones. No como portavoz oficial del deporte, ni como dirigente, ni como representante de ninguna institución. Hablaba desde su experiencia como atleta, como observador privilegiado y como alguien que ha vivido el trail desde casi todas sus etapas: cuando era marginal, cuando empezó a profesionalizarse y ahora que se mueve en una industria global. En su blog, deja sus pensamientos sobre diferentes temas clave, pasa a observarlos aquí.

Sus palabras son un espejo. Y ese espejo devuelve una imagen compleja, con luces y sombras, que merece ser analizada con calma y profundidad. Si el mismo Kilian se pregunta esto, ¿que deberíamos hacer los «mortales»?

“Estas son solo opiniones”: desde dónde habla Kilian Jornet

Kilian comienza su reflexión con una advertencia clara: lo que expone son opiniones personales, condicionadas por su experiencia como atleta de élite, por su entorno cultural y por su posición dentro del deporte. Lejos de debilitar su discurso, ese punto de partida lo refuerza. Reconocer los propios límites es una rareza en un ecosistema deportivo acostumbrado a mensajes categóricos.

Habla alguien que ha vivido este deporte cuando era marginal, cuando apenas existían estructuras profesionales, y también ahora, en una etapa de expansión global. Esa perspectiva longitudinal le permite detectar no solo lo que ha mejorado, sino también lo que se está perdiendo por el camino.

El trail ha crecido rápido. Y cuando un deporte crece así, no todo el mundo crece al mismo ritmo ni en la misma dirección. Se necesitan años de «digestión», de madurez, todo llega, pero quizá no como todos quieren.

Kilian Jornet en Zegama. Foto: Christian Alonso

“El sueño olímpico”: una promesa que no siempre se cumple

El posible desembarco del trail running en los Juegos Olímpicos aparece de forma recurrente como un objetivo deseable. La lógica parece sencilla: ser olímpico es sinónimo de reconocimiento, visibilidad y crecimiento. Sin embargo, la experiencia demuestra que esa ecuación no siempre funciona.

Kilian recurre al esquí de montaña como ejemplo claro. Durante décadas se habló de su entrada en los Juegos, hasta que finalmente se produjo. Pero cuando ocurrió, el deporte ya se había transformado profundamente. Pasó de ser una disciplina de montaña, larga y técnica, a un formato corto, explosivo y altamente reglamentado, pensado para ajustarse a las exigencias televisivas y logísticas del olimpismo.

El resultado fue ambivalente. Por un lado, mayor visibilidad internacional y más países implicados. Por otro, una pérdida clara de conexión con la base del deporte y una reducción de la participación popular.

El trail running se encuentra hoy en una situación distinta. No es un deporte que necesite los Juegos para existir. Tiene una base de practicantes sólida, una industria fuerte y una élite que, comparada con la mayoría de disciplinas olímpicas, vive en una situación económica relativamente favorable.

Por eso, la pregunta no es si el trail ganaría algo siendo olímpico, sino qué estaría dispuesto a cambiar para serlo.

“Ser olímpico no significa que el deporte crezca”

Uno de los mensajes más claros de la reflexión de Kilian es desmontar el mito de que la etiqueta olímpica garantiza popularidad. La historia del deporte demuestra lo contrario. Muchos deportes olímpicos siguen siendo minoritarios, mientras que otros, claramente populares, nunca han necesitado ese escaparate para consolidarse.

El trail running, además, es un deporte de practicantes. La mayoría de sus seguidores no son espectadores pasivos, sino personas que corren, entrenan y compiten. Ese modelo no encaja fácilmente en la lógica olímpica, basada en formatos cerrados, controlables y diseñados para el consumo televisivo.

Convertirse en deporte olímpico implicaría adaptarse a esas reglas. Y esa adaptación no sería neutra.

“El trail ya es un deporte sano”

Kilian insiste en una idea que a menudo se pasa por alto: el trail running ya funciona. No es un deporte en decadencia ni una disciplina marginal que necesite una validación externa para sobrevivir.

Hay participación, hay industria, hay marcas, hay eventos con identidad propia y hay una élite profesionalizada que, en términos comparativos, vive mejor que la de muchos deportes olímpicos. Desde ese punto de vista, el trail no tiene una urgencia estructural por entrar en los Juegos.

Eso no significa que el olimpismo vaya a destruir el deporte. Pero sí implica que los beneficios potenciales no son tan evidentes como a veces se presentan.

“El riesgo está en la identidad del deporte”

Aquí aparece uno de los ejes centrales de la reflexión de Kilian Jornet. El mayor peligro del camino olímpico no es económico ni mediático. Es identitario. No tiene que ver con cuánto dinero entra, cuántos países participan o cuánta audiencia se alcanza, sino con qué versión del trail running acaba imponiéndose como relato dominante.

El trail running no es una única disciplina. Es un conjunto de prácticas muy diversas que comparten un mismo entorno, pero no una misma lógica. Sin embargo, durante años se ha tendido a explicarlo únicamente en función de la distancia, como si fuera una extensión natural del atletismo. Esa simplificación resulta cómoda, pero profundamente incompleta, porque ignora un eje fundamental del deporte: la dificultad técnica del terreno.

No es lo mismo correr treinta kilómetros por pistas forestales que hacerlo por crestas, pedreras, corredores empinados o descensos expuestos. La preparación necesaria, la cultura de montaña, la gestión del riesgo y la experiencia acumulada no tienen nada que ver. Reducir el trail a un único formato, o a una única manera de competir, implica elegir una versión concreta del deporte y dejar fuera muchas otras que han sido esenciales en su historia.

Gala de inauguración de los Juegos Olímpicos de Lausanne 2020
Gala de inauguración de los Juegos Olímpicos de Lausanne 2020

“Si el trail fuera olímpico, solo habría una carrera”

La lógica olímpica no admite demasiadas excepciones. Un solo formato, reglas claras, recorridos controlables y fácilmente retransmisibles. En el caso del trail running, eso favorecería recorridos en bucle, con zonas de alta densidad de público, accesos sencillos y una logística pensada para la televisión y el espectador.

Ese modelo no es una hipótesis lejana. Ya se está viendo en algunos circuitos internacionales, donde se priorizan formatos cerrados que facilitan la retransmisión en directo y la concentración del espectáculo. Y aunque tiene ventajas evidentes en términos de visibilidad y seguimiento mediático, también introduce una limitación clara: el acceso a terrenos más remotos, más técnicos y más exigentes, donde la montaña se expresa con mayor crudeza.

El riesgo no es que ese formato exista. El riesgo es que acabe definiendo lo que el gran público entiende por trail running. Que la imagen dominante del deporte se construya alrededor de circuitos contenidos, repetibles y fácilmente digeribles, mientras otras formas de correr en montaña quedan relegadas a un segundo plano, menos visibles y menos reconocidas.

“Los bucles favorecen el espectáculo, no siempre la montaña”

Las carreras con recorridos históricos, largos y exigentes siguen siendo, paradójicamente, las que generan una mayor participación popular y un vínculo más fuerte con los corredores. Pruebas que mantienen una relación directa con el territorio, con la tradición local y con una forma de entender la montaña que va más allá del espectáculo inmediato.

Por el contrario, algunas pruebas pensadas principalmente para la retransmisión televisiva atraen élite y visibilidad, pero no siempre conectan con la base del deporte. No es una cuestión de nivel competitivo ni de calidad organizativa, sino de relato. Cuando el formato manda sobre el territorio, la montaña deja de ser el eje central y pasa a convertirse en un decorado funcional.

“El dinero no entra por los premios”

Otro de los grandes bloques de la reflexión de Kilian es económico. Y aquí conviene desmontar una idea muy extendida: el trail running no funciona como los deportes de estadio. Su modelo es distinto desde el origen.

En la mayoría de deportes olímpicos, incluso en niveles muy altos, la realidad económica de los atletas es frágil. Muchos viven con ingresos bajos, dependen de ayudas familiares o de trabajos paralelos y gastan más dinero en competir del que consiguen ingresar. El foco está puesto en el rendimiento inmediato y en la supervivencia deportiva.

El trail ha seguido otro camino. Al ser un deporte de practicantes, la mayor parte del dinero entra a través de las marcas que venden productos a corredores aficionados. El patrocinio es la principal fuente de ingresos para la élite, muy por encima de los premios en metálico. Este modelo explica por qué, a pesar de premios relativamente modestos, el trail ha conseguido sostener una élite profesional durante más de una década.

“El trail es un deporte de practicantes, no de espectadores”

Muchas de las carreras más prestigiosas del mundo están organizadas por asociaciones sin ánimo de lucro. Western States, Hardrock, Zegama, Sierre-Zinal o el Maratón del Mont-Blanc priorizan la tradición, la comunidad y el legado por encima del beneficio económico. Su valor no reside en el tamaño del premio, sino en la historia que representan y en la conexión emocional que generan.

En ese contexto, los atletas no eligen solo por dinero. Eligen por prestigio, por visibilidad y por narrativa. Ganar en determinados lugares sigue teniendo un valor simbólico que ningún cheque puede igualar, porque conecta con la comunidad que sostiene el deporte.

Kilian Jornet en Glen Coe Skyline

“La muerte de las carreras técnicas”

Uno de los puntos más delicados del debate es la progresiva desaparición de las carreras verdaderamente técnicas. No tanto por problemas administrativos o de permisos, sino por una paradoja ligada a la seguridad.

A medida que el trail se populariza y atrae a corredores procedentes del asfalto y de otros deportes de resistencia, la gestión del riesgo se vuelve cada vez más compleja. Hace décadas, la mayoría de participantes en pruebas técnicas venían del alpinismo o de la montaña clásica y asumían la exposición como parte inherente de la experiencia. Hoy, con miles de dorsales y perfiles muy diversos, ese margen se reduce drásticamente.

Para organizadores voluntarios y sin ánimo de lucro, mantener recorridos expuestos supone una presión enorme. El incentivo es bajo; el riesgo, altísimo. El resultado suele ser la simplificación del trazado o, directamente, la desaparición de la prueba.

“No se puede medir el trail solo con kilómetros y desnivel”

A esta situación se suma otro problema estructural: la forma en que se mide el trail running. Los índices actuales se basan casi exclusivamente en la distancia y el desnivel, dejando fuera la dificultad técnica del terreno.

Esta forma de cuantificar el esfuerzo genera una visión incompleta del deporte y condiciona decisiones deportivas, calendarios y patrocinios. Comparar dos carreras únicamente por números ignora la experiencia de montaña que las define y contribuye a una homogeneización progresiva del trail.

“El dopaje ya no es un tema marginal”

Con la profesionalización llega inevitablemente el control antidopaje. Durante años fue un asunto casi inexistente en el trail running, en parte por la falta de estructuras y en parte por una cierta ingenuidad colectiva. Hoy la situación es distinta. Lo estamos viendo cada año, más casos positivos en más pruebas. Aún así necesitamos más controles, más presión y más agilidad en comunicar los casos.

Existen controles en muchas pruebas importantes, pero siguen siendo mayoritariamente en competición. Falta una estructura homogénea de controles fuera de ella. La buena noticia es que, por primera vez, los principales actores del deporte parecen alineados para avanzar en esa dirección.

“El trail se está encareciendo”

Para el corredor popular, el cambio más evidente es económico. Inscripciones cada vez más caras, material obligatorio, viajes y sistemas de acceso complejos a las grandes carreras han elevado la barrera de entrada al deporte.

Este modelo beneficia a quien puede permitírselo y pone en riesgo la supervivencia de las pequeñas pruebas locales, que durante años fueron la puerta de entrada al trail y el principal tejido de base del deporte. Y esto es precisamente lo que está pasando en el mundo, carreras locales desapareciendo, no se completan dorsales, algo que da para un artículo muy extenso.

“La vuelta a lo local”

Frente a la globalización del espectáculo, resurgen las comunidades locales. Carreras pequeñas, retos cercanos, ligas informales y una forma de entender el trail más ligada al territorio y a las personas. En un mundo saturado de información y grandes relatos, lo cercano vuelve a importar. Un mundo deportivo cargado de UTMB, Goldens, Skyrunning, WMRA…, lo esencial se está perdiendo.

Crecer es inevitable, pero perder la identidad, no debería serlo

El trail running no se está rompiendo. Se está redefiniendo. Y toda redefinición implica elecciones. La reflexión de Kilian Jornet no ofrece respuestas cerradas, pero sí una advertencia clara: no podemos perder la identidad de nuestro deporte.

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