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Ehunmilak dice adiós tras 14 ediciones: por qué desaparecen las carreras nacidas del voluntariado

El cierre de las cien millas vascas no es un caso aislado: refleja el agotamiento del modelo asociativo que sostuvo el trail español durante dos décadas y la falta de relevo generacional en las organizaciones de base.

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La noticia llegó esta semana y dolió bastante. La organización de Ehunmilak comunicó la disolución definitiva de su comité y, con ella, el final del proyecto de las cien millas vascas. El proyecto había nacido en 2008 y se materializó en su primera edición en 2010, sumando catorce ediciones que convirtieron a la prueba de Beasain en una cita clásica del calendario de larga distancia en Euskal Herria. Ya el pasado octubre el comité había avisado de que no habría edición en 2026, dejando una puerta abierta a quien quisiera tomar el relevo. Ocho meses después, sin haber encontrado ese relevo, han optado por disolver la carrera de forma definitiva.

Ehunmilak no era una carrera cualquiera. En sus mejores años movilizaba a una comunidad entera: en la edición de 2023, por ejemplo, 1.395 corredores inscritos fueron atendidos por cerca de 1.800 personas entre voluntarios y equipo médico. Tres pruebas hermanas —las cien millas, la Goierriko Bi Handiak de 88 kilómetros y la maratón Marimurumendi— recorrían las Tierras Altas del Goierri coronando cimas como el Txindoki o el Aizkorri. Era, en el sentido más literal, una fiesta del pueblo. Y precisamente por eso su desaparición conviene leerla no como un fracaso, sino como el síntoma de un cambio profundo en cómo se organiza nuestro deporte.

El agotamiento de quienes sostienen estos eventos

Cuando los organizadores de Ehunmilak explicaron su decisión, no hablaron de falta de corredores ni de pérdida de prestigio. Hablaron de cansancio. Tras catorce ediciones, quienes habían estado al pie del cañón apelaron al agotamiento y a la falta de relevo de un equipo que dedicaba muchas horas durante todo el año a un trabajo voluntario. A ese desgaste personal se sumó una tijera económica difícil de cerrar. Reconocieron que los ingresos no habían evolucionado al mismo ritmo que los gastos, que estos aumentaban de forma constante y que no habían sabido ajustar las cuentas, viéndose obligados cada año a esfuerzos adicionales para terminar sin pérdidas. Esa tensión les impedía innovar y mantener la calidad que ellos mismos exigían a sus tres pruebas.

Aquí está el nudo del asunto. Una carrera sostenida por 1.500 o 1.650 voluntarios es una proeza colectiva irrepetible, pero también una estructura frágil. Depende de un grupo de personas que regalan su tiempo libre, sus vacaciones y su energía durante todo el año. Cuando esas personas envejecen, se cansan o cambian de prioridades vitales, y nadie viene detrás con la misma entrega, el proyecto se apaga. No hay nómina que retenga a un voluntario, ni contrato que garantice continuidad. Solo hay pasión, y la pasión, por intensa que sea, tiene un límite humano.

Galarleiz, un precedente con otra herida

Ehunmilak se suma a una lista que ya tiene nombres ilustres. El más simbólico es Galarleiz, el maratón de montaña decano del trail español. Lo creó Pedro Galarza a mediados de los noventa tras inspirarse en una prueba suiza, en un tiempo en que casi nadie corría por el monte y las instituciones le respondían que la montaña no era lugar para correr. Fue considerada durante más de dos décadas un símbolo, no solo por ser la primera en ofrecer 42 kilómetros de cumbre en cumbre, sino por el espíritu con el que Pedro la organizaba año tras año, hasta que en 2017, tras 22 ediciones, la prueba desaparecía.

El caso de Galarleiz tuvo un matiz distinto —los problemas con los permisos medioambientales por atravesar zonas protegidas pesaron de forma decisiva— pero comparte el fondo con Ehunmilak: una carrera ligada a una persona o a un grupo reducido, sin una estructura profesional detrás capaz de absorber los golpes. Cuando el factor humano que la sostiene falla, o cuando la burocracia aprieta más de lo que un equipo voluntario puede gestionar, la prueba se evapora del calendario. No es casualidad que las dos carreras más longevas y queridas del trail vasco hayan terminado por el mismo camino.

Las crestas y Galarleiz son viejos conocidos.
Galarleiz ya pasó a la historia

La profesionalización como evolución natural

Conviene no caer en la nostalgia fácil y la tan bonita y odiada frase, «la esencia del trail». Que las carreras de base desaparezcan no significa que el trail running esté en crisis: significa que está madurando. Lo que estamos viviendo es el tránsito de un deporte amateur, nacido en clubes y asociaciones sin ánimo de lucro, hacia un ecosistema profesionalizado donde las grandes pruebas las gestionan empresas, circuitos internacionales y plataformas con plantilla, presupuesto y patrocinadores estables.

Es la misma evolución que han recorrido otros deportes. El ciclismo, el atletismo o el triatlón empezaron también con voluntarios pintando flechas en las carreteras y acabaron con organizaciones profesionales detrás de cada gran cita. El trail llega ahora a ese punto de inflexión. Las pruebas que sobreviven y crecen son las que cuentan con una estructura empresarial capaz de garantizar continuidad año tras año, de invertir en seguridad, en cronometraje, en comunicación y en experiencia del corredor, sin depender de que un puñado de personas siga teniendo ganas cada verano.

El problema es que esa transición deja víctimas por el camino. Las carreras de pueblo, organizadas por un club de montaña o una comisión vecinal, no siempre pueden dar ese salto. O lo dan y pierden su esencia, o no lo dan y se quedan atrás. Las que aciertan a reinventarse encuentran fórmulas intermedias: recortar distancias, limitar inscripciones, aliarse con organizadores externos o reducir la ambición para hacerla sostenible. Ehunmilak, en cambio, prefirió cerrar antes que desnaturalizarse.

Jon Aizpuru, vencedor de la Ehunmilak 2019

El relevo generacional: el verdadero reto

Y aquí está, a mi juicio, el desafío de fondo para nuestro deporte. No es el dinero, aunque pese. No son los permisos, aunque ahoguen. Es el relevo generacional. La generación que levantó el trail español en los noventa y dos mil —gente que pintaba flechas de madrugada, que montaba avituallamientos con sus propias manos, que entendía la organización como un acto de amor al monte y a su pueblo— está llegando al final de su ciclo. Y detrás no siempre hay quien recoja el testigo con la misma disposición a regalar tanto sin recibir nada a cambio.

Los corredores jóvenes de hoy han crecido en un trail ya consolidado, con dorsales caros, retransmisiones en directo y estrellas mundiales. Es lógico que muchos vean la carrera como un producto que se consume, no como una obra colectiva que hay que sostener. No es un reproche: es el signo de los tiempos. Pero plantea una pregunta incómoda. Si nadie quiere organizar, ¿quién mantendrá vivas las pruebas que no interesan a las grandes empresas porque no son rentables, esas carreras pequeñas, duras y auténticas que fueron la semilla de todo esto?

La desaparición de Ehunmilak nos deja esa reflexión. Cada vez que una carrera de base baja la persiana, perdemos algo más que una fecha en el calendario: perdemos un trozo de la memoria afectiva de este deporte, un punto de encuentro de un pueblo con su montaña. La profesionalización traerá mejores carreras, más seguras y más espectaculares. Pero no llenará el hueco que dejan quienes organizaban por amor, no por negocio. A esos, a los 1.500 voluntarios de Beasain y a Pedro Galarza, solo nos queda darles las gracias.

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