¿De qué huyen las personas que corren?

“Un hombre que corre es siempre un hombre que huye. Está huyendo del hecho de volver después del trabajo a una casa vacía y sentir que las paredes le devoran y le aplastan el alma”. Así arranca la novela ‘Insularidad’, de Ralph del Valle, que pone el foco en las sombras de un corredor dolido.

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Portada de la novela 'Insularidad', de Ralph del Valle
Portada de la novela ‘Insularidad’, de Ralph del Valle

El número de corredores se ha multiplicado por mucho en los últimos años. Llevan zapatillas, equipamiento, un pulsómetro. Es fácil reconocerlos por fuera, pero ¿qué esconden dentro? Insularidad. El viaje interior de un corredor retrata todo eso que no siempre se aprecia. Ralph del Valle (1978) es el autor de esta radiografía que consiguió ser finalista en el Premio Desnivel de Literatura 2014.

Su relato recoge los sentimientos menos épicos del que empieza a correr. Una historia que habla de mundos interiores difíciles que descargan energía dentro de unas zapatillas.

Así arranca la historia:

Un hombre que corre es siempre un hombre que huye. Que no te engañen sus zapatillas, su equipamiento, el pulsómetro. Está huyendo del hecho de volver después del trabajo a una casa vacía y sentir que las paredes le devoran y le aplastan el alma. Puede huir de una casa habitada en la que solo le espera una vida que no quiere, con unos hijos que aparecieron y consumieron su vida sin darse cuenta hasta hacer de ella este reflejo que ahora se arrastra por los parques. Huye quizá de sí mismo. De su trabajo. De ese presente o de un yo pasado al que no quiere ni tiene fuerzas de volver.


 

Podría huir de la rutina y del sedentarismo, sin admitir jamás que huye de algo sino que disfruta de los beneficios de una vida sana, persiguiendo proteínas, esquilmando carbohidratos, observando tu whisky con horror mientras chupa con fruición tofu y otros desechos. Disfrazar de elección lo que también es una huida.

[…] Pronto aprendes que huyes de algo que, como tú, está en movimiento. Algo indeterminado que te persigue y que es tan tuyo como tu propia sombra. Quizá por eso sales cuando la noche ha caído y no hay oportunidad alguna para la luz de reflejar el espectro de tu cuerpo, solo las proyecciones de las farolas que te encuentras en tu camino a ninguna parte.

Tal vez estés huyendo de todo un poco. Huyes para encaminarte a zancadas hacia un lugar que no existe. O que solo existe en el camino que trazas para llegar a él. En esos minutos en los que parece que te diriges a alguna parte. Vas huyendo de tantas cosas para que al final solamente cuente el mero intento, el puto camino, Kerouac y todo lo que está ya escrito, como esa vida de la que huyes, ese silencio que quieres romper con una respiración rítmica.

Un hombre que corre es un hombre que huye. Y yo solo soy un hombre que huye de muchas cosas y que trata de convencerse de que no escapa de nada, sino que únicamente quiere llegar a un sitio distinto.

«Reconoceremos todo su pasado y el peso granítico que conlleva huir de algo tan grande»

Pienso en este libro como pienso en los blocs de dibujo de los estudiantes de Bellas Artes, que manchan y destruyen y crean y tachan con esa insolencia que da sentir que todo está por hacer, obviando que en realidad todo está ya hecho y dicho, dibujado y esculpido por toda la civilización que nos precede y nos observa dibujar desde la eternidad, mirándonos como contemplan los padres a sus hijos dibujar un intento de caballo, con esa sonrisa condescendiente que todo lo dice y que cuenta más que todas las novelas del mundo juntas.

[…] Cuando nos cruzamos con otro corredor le miramos brevemente a los ojos. Si huye de lo obvio, el infarto de miocardio, el colesterol, el pantalón de hace dos años que ya no le cabe, si huye de todo eso le miraremos sin interrumpir en absoluto el flujo ni el ritmo de nuestro movimiento. Pero si le miramos a los ojos y vemos que huye de lo inesperado, del menú y el hotel para uno, de la foto de boda que desde la estantería le recuerda todas y cada una de las veces que ella le propuso hacer cosas que él jamás hizo, hasta que dejó de decírselas y la fotografía se convirtió en madera varada, transformando las palabras en pasado, en sombras que sin piedad se reflejan en cada zancada que él da para negar el hecho irremediable de que ella no volverá jamás; si podemos ver como vemos todo eso porque él también lo ve en nosotros, le saludaremos con una leve inclinación de cabeza al cruzarnos, acaso un parpadeo lento y respetuoso, un casi invisible gesto en el que reconoceremos todo su pasado y el peso granítico que conlleva huir de algo tan grande que acabaría aplastándole de todas formas.

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