Consideraciones sobre la responsabilidad por accidentes en las carreras por montaña

El riesgo cero no existe, sobre todo en actividades como las carreras por montaña, pues se desarrollan en un entorno con un riesgo superior a otras disciplinas. En este artículo analizamos las principales consideraciones sobre la responsabilidad en caso de accidente.

Author: Nacho Sáez/ Carreras por montaña | No hay comentarios | Compartir:
Pisada de un corredor en la Tsaigu Trail Mt. Kuocang 2018
Pisada de un corredor en la Tsaigu Trail Mt. Kuocang 2018

La moda de las carreras por montaña es una realidad que nos ha invadido en los últimos años. No son pocos los fines de semana en que se celebran más de cincuenta carreras bajo esta genérica denominación en nuestro país, muchas de ellas en lugares de nuestra geografía en los que ni siquiera hay montañas como tal. En cualquier rincón donde podamos encontrar un recorrido con senderos con subidas y bajadas, sea un montaña o un simple cerro, es posible trazar un circuito en el que, con la debida promoción a través de las redes sociales, puede lograrse congregar a un buen número de participantes para correr por caminos.

Las peculiares características de estas pruebas determinan que la probabilidad de que en las mismas se produzcan accidentes resulta notablemente superior respecto de muchas otras actividades deportivas. Así, frente a una competición de atletismo en pista, que discurre en el interior de un estadio, donde casi todos los peligros están controlados, en las carreras por montaña el recorrido transcurre por un terreno irregular, normalmente por senderos en los que no faltan piedras, rocas, barro, fuertes pendientes, barrancos, en un medio generalmente agreste y en un escenario habitualmente más afectado por las inclemencias meteorológicas, donde, en consecuencia, todo resulta menos previsible.

En este contexto resulta evidente que quienes participan en este tipo de pruebas están mucho más expuestos a sufrir accidentes. Si bien es cierto que los más frecuentes normalmente no pasan de ser simples torceduras o caídas que provocan contusiones, generalmente sin demasiada gravedad, desgraciadamente, también en ocasiones pueden tener consecuencias más importantes.

Sin ir más lejos, hace unos meses los medios de comunicación se hacían eco del accidente sufrido por un conocido corredor de montaña (Jokin Lizeaga) al resultar literalmente engullido por una sima oculta por la nieve en el trazado de una prueba que discurría por el corazón de los Picos de Europa. A pesar del accidente, la suerte se alió de forma milagrosa con el corredor, pues habiéndose precipitado verticalmente casi quince metros al vacío tan solo sufrió fracturas de costillas y luxaciones. Más allá de la entidad de las lesiones, el corredor quedó atrapado en el fondo de la fría oquedad del terreno sin posibilidad alguna de salir por sí mismo, con lo que su única esperanza de era que otros corredores pasaran cerca y oyeran sus gritos de auxilio.


 

En un medio como es la montaña fácilmente pueden ocurrir «incidentes menores»

La fortuna decididamente estaba de su lado, pues efectivamente le oyeron y muy pronto fue localizado, dieron aviso a los equipos de rescate y estos acudieron logrando sacarle en un momento en que ya estaba al borde de la hipotermia. Como hemos dicho, afortunadamente estos accidentes no son habituales, pero por desgracia, pueden ocurrir y no cabe esperar que siempre quienes los sufran vayan tener la misma suerte.

El relato de lo ocurrido nos permite también reflexionar sobre el hecho de que, incluso sin llegar a tener un accidente tan impactante como el de Jokin, en un medio como es la montaña fácilmente pueden ocurrir otros «incidentes menores» que acaben teniendo fatales consecuencias, y ello por el simple hecho de que estas pruebas se desarrollan en un entorno en el que la asistencia a los lesionados y la evacuación de los heridos puede exigir un largo periodo de tiempo debido a lo alejado y accidentado del terreno. Es más, sin mediar siquiera un accidente pueden ocurrir desgracias, pues un repentino cambio en las condiciones meteorológicas desencadena con mucha mayor rapidez de lo que pensamos un cuadro de hipotermia que puede tener fatales consecuencias para la vida, tal y como ocurrió hace unos años a una participante en la Cavalls del Vent.

Tanto los propios corredores como los organizadores de este tipo de pruebas sabemos de estos riesgos, pero lo cierto es que hasta que no ocurre un accidente grave esa realidad parece quedar relegada a un segundo plano. Es entonces cuando sobreviene el nerviosismo y quienes no se preocuparon antes por estas cuestiones empiezan a preguntarse en ese momento si hay algo que han hecho mal o si han dejado de hacer algo que podría resultar obligado. Pero, por desgracia, cuando el accidente ya ha ocurrido es tarde para tomar medidas, porque lo que ha sucedido nunca tiene marcha atrás.

Como organizador ¿tengo cubierta mi responsabilidad?

Vamos por partes. En este contexto, lo primero que hay que advertir es que las clausulas de exención de toda responsabilidad que en ocasiones vemos del tipo «la organización no se hace responsable de», o «el corredor renuncia expresamente a formular cualquier tipo de reclamación», carecen de valor jurídico, pues en el mundo del derecho tienen la consideración de nulas. Eso supone que se tienen por no puestas, de modo que no nos van a servir de nada para exonerar la responsabilidad en que podamos haber incurrido.

Frente a lo anterior, lo que sí resulta fundamental para el organizador es la contratación de un seguro. No se trata solo de una medida razonable para evitar el riesgo de sufrir un menoscabo en el patrimonio propio por tener que hacer frente a una reclamación, sino que además en la mayoría de los casos constituye una obligación legal para el organizador de la prueba.

En todo caso, no nos engañemos. Por mucho que se disponga de un seguro, este -en el mejor de los casos- solamente cubriría los daños que se deriven de la responsabilidad civil del organizador. Esto es así porque la póliza tan solo nos cubrirá en aquellos supuestos en que el accidente sufrido esté dentro del ámbito de cobertura de la póliza (ojo, por tanto, con el detalle específico del contrato), cuando el importe contratado sea suficiente para atender el montante de la indemnización (atención a las gangas) y siempre y cuando no concurra ninguna causa de exclusión, lo que dicho sea de paso, no deja de ser infrecuente (la famosa «letra pequeña»).

Dos puntualizaciones más:

1. El tener un buen seguro contratado supone una garantía ante la eventualidad de tener que hacer frente a una indemnización. Sin embargo en ningún caso excluye la posibilidad de que acabe discutiéndose ante los tribunales quién ha sido el responsable civil del accidente y/o a quien corresponde, en su caso, el abono de la indemnización por los daños y perjuicios derivados del mismo (sin perjuicio de que el seguro se haga cargo del importe indemnizatorio en el caso que se decrete nuestra responsabilidad civil y, en su caso, de los gastos de nuestra defensa en el proceso).

2. Ante un accidente de consecuencias más graves, siempre puede intentar dirimirse, además de la civil, la responsabilidad penal del organizador. De hecho la intervención de la Guardia Civil originaría un atestado, del que se daría traslado al juzgado de guardia, dando origen a unas diligencias penales. A este respecto si bien es poco probable que la acción penal termine en una condena al organizador -exigiría que se acreditase una negligencia «especialmente» grave por parte del mismo, lo cual no suele ser frecuente-, lo cierto es que la responsabilidad penal no puede ampararse por ningún seguro.

Sentado lo anterior, como es evidente el mayor interés de todos los que de un modo u otro intervienen en un evento de estas características (corredores, organizadores, voluntarios, sponsors, entidades colaboradoras, federaciones deportivas, administraciones públicas que autorizan la actividad, etc. ) es que no se produzcan accidentes.

Sin embargo, el riesgo cero no existe, axioma que se hace más evidente en actividades o deportes que, por sus características y el entorno en que se desarrollan, llevan implícito un riesgo superior a otras disciplinas deportivas. De este modo, si por desgracia acontece un accidente, la tranquilidad de cada cual -no solo en el plano jurídico, sino también en el moral- vendrá necesariamente vinculada al hecho de haber actuado en todo momento conforme a las obligaciones que le corresponden.

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