Carreras por montaña y turismo rural: cuándo el impacto es real y cuándo solo un relato

El vínculo entre carreras por montaña y turismo rural se repite en casi todos los discursos, pero no siempre se traduce en beneficios reales. Analizamos cuándo funciona, cuándo no y por qué el territorio importa más de lo que parece.

Vouga Trail en Sever do Vouga. Foto: Christian Alonso
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Las carreras por montaña se han convertido, en los últimos años, en una de las herramientas más citadas cuando se habla de dinamización del medio rural. En notas de prensa, presentaciones institucionales y discursos oficiales se repite una idea casi automática: el trail running como motor económico, como escaparate del territorio y como oportunidad para pueblos que buscan visibilidad y actividad. Sin embargo, la realidad es más compleja. No todas las carreras generan el mismo impacto, ni todos los territorios necesitan lo mismo, ni el beneficio es siempre tan claro como se afirma.

Plantear esta reflexión no implica cuestionar el valor del trail running ni el trabajo de las organizaciones, sino analizar con calma hasta qué punto el discurso del turismo rural se sostiene cuando se baja al terreno y se observan los efectos reales más allá del fin de semana de competición, algo que es realmente complicado si no se trabaja constantemente.

El relato: lo que prometen las carreras

El discurso habitual es conocido y, en muchos casos, bienintencionado. Las carreras por montaña se presentan como eventos capaces de atraer visitantes, llenar alojamientos, activar la restauración local y proyectar la imagen de un territorio a través de imágenes espectaculares y relatos de naturaleza, deporte y autenticidad. Se habla de desestacionalización, de economía local y de retorno para el municipio anfitrión.

Este relato no surge de la nada. El trail running se desarrolla, en su mayoría, en entornos rurales o de montaña, lejos de grandes núcleos urbanos. Es lógico que se establezca una relación directa entre el evento deportivo y el territorio que lo acoge. Además, muchas carreras nacieron precisamente con esa vocación: poner en valor caminos históricos, pueblos pequeños o zonas poco conocidas, combinando deporte y entorno.

El problema no está en el relato en sí, sino en asumir que se cumple siempre de la misma manera y con los mismos resultados.

Gorbeia es un ejemplo de desestacionalidad del turismo. Foto: Christian Alonso

La realidad sobre el terreno

Cuando se analiza lo que ocurre durante una carrera concreta, aparecen matices importantes. En algunos casos, los alojamientos se llenan durante una o dos noches, pero el impacto se concentra en un periodo muy corto. Hay participantes que llegan el mismo día, compiten y se marchan, especialmente en pruebas cercanas a grandes ciudades o bien comunicadas. El gasto en restauración puede ser puntual, concentrado en pocas horas y condicionado por horarios, capacidad y logística. (esto lo podemos ver bien amplificado en Zegama Aizkorri, de sobra conocido).

El comercio local, por su parte, suele verse beneficiado de forma desigual. Bares y restaurantes cercanos a la salida o la meta pueden notar un aumento claro de actividad, mientras que otros negocios del pueblo apenas perciben cambios. En localidades muy pequeñas, la infraestructura disponible limita el impacto real, por mucha afluencia que haya. Hemos llegado a ver bares cerrados en la misma linea de meta de una prueba, ya que se ven superados por la afluencia de público y no pueden atender de manera efectiva.

También existe una diferencia clara entre territorios que ya son destinos turísticos consolidados y aquellos que apenas reciben visitantes fuera de eventos concretos. En los primeros, la carrera se integra en una oferta más amplia y el impacto relativo es menor. En los segundos, el evento puede suponer un pico de actividad relevante, pero difícilmente suficiente para cambiar dinámicas estructurales si no existe continuidad.

Rialp Matxicots. Foto: Christian Alonso

Impacto puntual frente a impacto estructural

Uno de los errores más habituales es confundir impacto puntual con impacto estructural. Que un fin de semana se llenen los alojamientos o se incremente la facturación de la hostelería no implica necesariamente un beneficio duradero para el territorio. El impacto estructural requiere repetición, coherencia y una estrategia a medio y largo plazo.

Una carrera anual, por sí sola, difícilmente puede sostener un modelo de desarrollo rural. Puede ser un complemento, una pieza más dentro de un conjunto de iniciativas, pero no una solución aislada. Cuando se presenta como un motor económico en sí mismo, se corre el riesgo de generar expectativas poco realistas tanto en administraciones como en la población local.

Este matiz es clave para entender por qué el mismo tipo de evento puede tener resultados muy distintos según el contexto en el que se celebre.

Ideas claras para mantener impacto en el tiempo

  • Creación y mantenimiento de una red estable de rutas de trail running señalizadas, con distintos niveles de dificultad, pensadas para su uso durante todo el año.
  • Aprovechamiento permanente de infraestructuras y mejoras realizadas para la carrera, integrándolas en el uso diario del territorio y en la red de senderos existente.
  • Acuerdos estables con alojamientos, guías y servicios locales para ofrecer experiencias de trail running más allá del fin de semana del evento.
  • Programas de formación y empleo local vinculados a la gestión de senderos, apoyo técnico, voluntariado cualificado y actividades de montaña.
  • Integración del trail running en la identidad turística del territorio mediante señalética, mapas, contenidos informativos y presencia continuada en la comunicación local.
Rutas en una localidad

Cuando sí funciona: condiciones para que haya impacto real

Existen ejemplos claros en los que las carreras por montaña sí generan un impacto positivo y sostenido. No suele ser casualidad. En estos casos se repiten una serie de factores que van más allá del número de participantes o del prestigio deportivo de la prueba.

La implicación real del territorio es uno de ellos. Cuando la carrera se apoya en proveedores locales, cuenta con voluntariado del propio pueblo y se integra en la vida comunitaria, el evento deja de ser algo externo que llega y se va. La población siente la prueba como propia y el beneficio se reparte de forma más amplia, ejemplo claro: Transvulcania y sus gentes, toman la carrera como algo propio, con alma.

La continuidad en el tiempo es otro elemento determinante. Carreras que se celebran año tras año, con fechas estables y una relación sólida con el municipio, permiten a los negocios locales adaptarse, planificar y aprovechar mejor la oportunidad. No es lo mismo un evento puntual que una cita consolidada en el calendario.

También influye la elección de fechas. Celebrar una carrera fuera de la temporada alta puede tener un efecto real de desestacionalización, mientras que hacerlo en periodos ya saturados apenas añade valor y, en algunos casos, genera tensiones adicionales en el territorio.

Zegama Aizkorri. Christian Alonso

El papel de la comunicación y la imagen

La comunicación juega un papel central en este debate. El uso reiterado de ciertos conceptos, como “impacto económico”, “puesta en valor del territorio” o “turismo sostenible”, ha vaciado en parte de contenido estos mensajes. Cuando todos los eventos utilizan las mismas palabras, sin datos ni contexto, el discurso pierde credibilidad.

Además, existe el riesgo de utilizar el territorio únicamente como decorado. Imágenes espectaculares, drones, paisajes de postal y relatos épicos que no siempre se corresponden con una relación real y respetuosa con el entorno. Este enfoque puede funcionar a nivel visual, pero no garantiza un beneficio tangible para quienes viven allí todo el año. Se necesita captar la «esencia» del lugar en toda su magnitud.

Medir el impacto más allá de cifras genéricas es uno de los grandes retos pendientes. No basta con hablar de retorno mediático o de número de visitantes si no se analiza cómo y dónde se produce el gasto, qué sectores se benefician y qué efectos secundarios genera el evento.

K42 Anaga en La Laguna, todo un éxito. Foto: Christian Alonso

Qué deberían preguntarse organizadores y administraciones

Más allá del discurso, hay preguntas básicas que deberían formar parte de cualquier proyecto que vincule carreras por montaña y turismo rural. Qué deja esta carrera cuando acaba es una de ellas. No solo en términos económicos, sino también sociales y culturales.

A quién beneficia realmente el evento es otra cuestión clave. Identificar qué sectores locales se ven favorecidos y cuáles quedan al margen permite ajustar el modelo y evitar desequilibrios. No todos los pueblos necesitan lo mismo ni todos los eventos tienen que perseguir los mismos objetivos.

También es importante preguntarse cómo se mide el impacto y con qué indicadores. El número de participantes o de publicaciones en redes sociales ofrece una visión parcial. Analizar pernoctaciones reales, gasto medio o continuidad de visitantes aporta una imagen mucho más ajustada a la realidad.

Una oportunidad que exige coherencia

Las carreras por montaña pueden ser, sin duda, una oportunidad para muchos territorios rurales. Pero no lo son por defecto. El impacto real depende de cómo se diseñen, de cómo se integren en el entorno y de la relación que se establezca con quienes viven allí. Todos hemos visto desaparecer carreras por diferentes motivos.

El futuro pasa por proyectos coherentes, honestos y adaptados a cada territorio, lejos de eslóganes repetidos y promesas genéricas. El medio rural no es un decorado ni una etiqueta de marketing. Es un espacio vivo, con necesidades concretas y ritmos propios, que merece algo más que un discurso fácil asociado a un fin de semana de carrera.

Disfrutemos del entorno y nuestro deporte, tenemos una gran suerte de poder practicarlo en montañas y senderos a lo largo y ancho del mundo, que nuestro impacto se note en él, pero de una manera positiva.

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