Así ganó Diego Pazos Oman by UTMB 2018 junto a Jason Schlarb

El suizo relata su experiencia en el desembarco del UTMB Internacional en Oriente Medio y cómo se unió al estadounidense para vencer la dureza extrema del recorrido.

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Diego Pazos y Jason Schlarb en Oman by UTMB 2018
Diego Pazos y Jason Schlarb en Oman by UTMB 2018   Oman by UTMB

Nos acercamos al arco de salida. La plaza está llena y los contrastes son extremos. La población local con vestido tradicional se mezcla con corredores súper preparados, listos para pasar una o dos noches fuera de casa. El ambiente se va animando poco a poco. Los omanís, con sus 67 atletas representantes en primera línea, se ponen a bailar con música tradicional. Mientras, algunos élites como Gediminas Grinius, Jason Schlarb, Sondre Amdahl, Elisabeth Morgan, Meredith Edwards o Samantha Chan  aguardan en un lateral. Son las 19:27 horas, faltan 3 minutos para inicio y la tensión es palpable. Yo me siento muy relajado e impaciente de descubrir un recorrido bastante misterioso.

3, 2, 1, ¡adelante! 137 km y 7.800 m de desnivel por delante, pero la salida es muy rápida. Los locales salen como balas por la vuelta de 4 km en la ciudad de Birkat El Mawz. Los vecinos se asoman mientras el grupo se estira y nos regalan los últimos ánimos antes de aislarnos en las montañas omaníes. Pasan los kilómetros, el grupo se estira y algunos omaníes ya tienen la pólvora mojada, baja el ritmo. Llegamos al primer wadi (valle seco de un cañón), el primer sector técnico y saltamos de piedra en piedra. Gediminas, Jason, Sondre y yo alcanzamos al grupo de cabeza. Me encantan estas partes donde el correr es un juego, el tiempo se para y vuelvo a la infancia disfrutando con el terreno.

Llegamos los 4 juntos al CP2 y el ruso Aleksei Tolstenko se nos une camino al CP3. Entre el CP 4 y 5 nos encontramos una especie de meseta, el sendero está lleno de piedras pero se deja correr y la temperatura agradable. No me aburro para nada, cada dos o tres kilómetros el terreno cambia. A veces nos tiramos literalmente por el barranco con un sendero muy técnico y empinado hacia bajo y otras por subidas cortas pero tremendas de intensidad.

“El recorrido es muy rompe piernas y cada poco llegan nuevas sorpresas, wadis muy técnicos donde hay que trepar o saltar de piedra en piedra”

Seguimos los 4 juntos de nuevo hasta que el ruso Aleksei decide irse. Puedo pero no quiero seguirlo, esto es muy largo y solo estamos en el km 45. Las partes técnicas se siguen y es muy difícil o casi imposible guardar un ritmo constante. El recorrido es muy rompe piernas y cada poco llegan nuevas sorpresas, wadis muy técnicos donde hay que trepar o saltar de piedra en piedra. De vez en cuando me da por mirar a mi izquierda donde están señalizadas las zonas peligrosas encima del precipicio. Veo un agujero negro sin fondo, esto es muy impresionante y no hay que descuidarse porque el más mínimo error puede ser fatal. El marcaje es muy bueno, cada 10 o 15 metros tenemos una señal. El trabajo es enorme porque en la meseta no hay un sendero muy definido, se puede ir casi por donde se quiera y la organización ha hecho un trabajo excepcional.


 

Después de 50 km, salgo con Jason a la caza de Aleksei. Creemos que está a unos 8 minutos, vaya paliza se está dando porque nuestro ritmo es muy bueno. Encadenamos bajadas de otra época que conocemos muy poco en Europa, con senderos muy incómodos y llenos de rocas. De repente, vemos su frontal y en la siguiente subida lo hemos alcanzado. Parece un poco tocado, pero intenta agarrarse a nosotros. Es un punto clave de la carrera.

“Estamos cerca el km 70 y parece que llevemos más de 100”

Como y bebo, y vuelvo a comer y a beber, una condición esencial para sobrevivir en las ultras. Las bajadas en Omán castigan los cuádriceps a cada paso. No hay descanso ni tiempo para respirar, aquí te vas desgastando a fuego rápido cuando en otras carreras lo harías poco a poco. Estamos cerca el km 70 y parece que llevemos más de 100. Otro wadi y esta vez toca trepar fuera de la senda, siguiendo unos simples puntos verdes.

El amanecer ya está aquí y el sol nos saluda justo antes de llegar a la vía ferrata. Con el casco y el arnés subimos disfrutando de un paisaje que es una mezcla del Gran Cañón del Colorado y de la isla Reunión. Estamos en Alila, el único punto de asistencia de toda la carrera, y sigo con Jason, aunque Aleksei no está lejos. Con Gediminas, sin embargo, ya nos separan 30 minutos. El hueco parece hecho, pero ojo con el lituano que es un luchador nato y seguro que estará al acecho de algún bajón.

La temperatura va subiendo y no hay lugar donde esconderse. Los árboles no existen o son muy bajos para ofrecer una sombra adecuada. Jason y yo nos alternamos, sabiendo que Aleksei nos persigue. Si uno baja la guardia, el otro se pone a tirar. La compañía es agradable y el juego de la competición, muy divertido.

“Esta subida va a ser mítica en un futuro, el muro de la verdad”, le sugiero a Jason, “desde luego nadie se puede esconder aquí, tremendo”, confirma”

Siguen cayendo los kilómetros y el rompepiernas no se acaba. Una bajada larguísima por una pista nos deposita y nos deposita en la segunda base de vida. Tomamos una sopa, nos refrescamos y vemos el muro de 1.200 m positivos en 3,4 km que tenemos que afrontar. Los primeros compases son difíciles, pero nada comparados con lo que está por llegar. Toca usar las manos cada poco, los palos no ayudan para nada, aquí toca echar el resto. En nuestra espalda solo está el vacío. “Diego, ¿qué van a hacer los que vienen detrás? Pasar una segunda noche en esta subida tiene que ser peligroso”, me comenta Jason, “espero que la gente tenga la mente clara en esta subida”, le respondo. La subida no para, cada paso es más difícil. “Esta subida va a ser mítica en un futuro, el muro de la verdad”, le sugiero a Jason, “desde luego nadie se puede esconder aquí, tremendo”, confirma.

El sol nos deja tocados, el mazazo es permanente, nos cuece poco a poco… Aquí refrescarse es imposible, pero hay que seguir cueste lo que cueste. Las fuerzas empiezan a faltar y la lucha se transforma en complicidad. Sin darnos cuenta, la presencia del otro nos da más fuerza, sumamos nuestras energías. La lucha es interior contra el deseo de sentarse, de descansar, de darle un alivio al cuerpo pero seguimos. De vez en cuando contemplamos el paisaje abrupto, vertical de estas paredes imponentes. “Aquí no se permite un resbalón”, me dice Jason, a gatas sobre una piedra. Con 800 metros de vacío bajo mis pies, le respondo “está claro, el error no se perdona”. Llegamos al alivio de la cima, los voluntarios nos aplauden pero esto aún no ha acabado, quedan 18 kilómetros.

Toda la dimensión de lo que es un Ultra-Trail se escenifica en estos momentos. El cuerpo está destrozado, con escasas fuerzas, y el control lo tiene la mente, que maneja la supervivencia. Su objetivo, ignorar el dolor, juntar los recursos hasta el agotamiento.

«¿Y esto donde acaba?’, me pregunta Jason. ‘Ni idea, pero parece que la llegada no esta en este pueblo’, le respondo»

Quedan pocos kilómetros, la última bajada, hasta el final esta carrera deja una huella. Me lanzo con lo que me queda hacia abajo sorteando las piedras, tropezar seria tirar por tierra toda una carrera, aquí no hay sitio para la caída. Nos acercamos a la meta, buscamos casas, un pueblo, una señal pero no hay nada solo una naturaleza salvaje. Ella manda y el sol impone su ley. Cuidado que el calor puede dictar sentencia. Cruzamos el que parece ser el último wadi, lo cruzamos, vemos unas casas, la gente nos anima, nos félicita. Estaremos llegando, la mente lo da por hecho, se relaja, ¡el sentimiento es muy agradable! “¿Y esto donde acaba?”, me pregunta Jason. “Ni idea, pero parece que la llegada no esta en este pueblo”, le respondo. De repente un voluntario nos dice: “quedan dos kilómetros y medio”.

Vaya tela, estamos sin agua, la mente se descontrola, las emociones se disparan por todos los lados hasta que alcanzamos Al Hamra, por fin llegamos a la meta. Acabamos juntos, un viaje a dos, una aventura compartida casi de principio a fin. Un recuerdo para siempre, puro e intenso. La carrera más difícil que he hecho hasta ahora, un recorrido auténtico, salvaje, implacable con vistas y paisajes descomunales… una joya. Omán tendrá su público, Oman merece su público. ¡Muchas gracias al pueblo omaní por la acogida y el interés en nuestro deporte! Ya nos veremos de nuevo. Hasta pronto, InchAllah.

Diego ‘Zpeedy’

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