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INDIOS RARÁMURI, DE LA SIERRA TARAHUMARA

Los mejores corredores del ultratrail del mundo están siendo vencidos por el hambre

Una severa sequía en la mexicana Sierra Tarahumara está causando situaciones de extrema necesidad en numerosas comunidades rarámuri. Con la llegada del invierno el escenario fue de malnutrición generalizada. Sólo se come una vez al día y lo peor está por llegar si en primavera sigue sin llover. El madrileño Miguel Caselles corrió con ellos en 2003 y nos habla de esta tribu de súper atletas, proponiendo echar una mano.

Miguel Caselles - Miércoles, 30 de Mayo de 2012 - Actualizado a las 10:17h.

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Corredor rarámuri
Corredor rarámuri (Victoria Sánchez)

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Correr para vivir

Si en Occidente conocemos a los indios rarámuri es gracias a su prodigiosa capacidad para correr día y noche sin descanso en la Sierra Tarahumara, donde habitan (Chihuahua, México). Y sobre todo, porque lo hacen calzando sandalias fabricadas por ellos mismos con un trozo de neumático de coche que sujetan con cintas de cuero al pie. Carreras de cientos de kilómetros dando patadas a una bola (rarájipari), y un aro lanzado con un palo las mujeres (rowera), entre comunidades rarámuri... o cacerías del venado persiguiéndole en equipo, como una manada de lobos, hasta la extenuación del animal, forman parte de su cultura, de su vida.

“Correr” no siempre es sinónimo de deporte... para los rarámuri significa supervivencia, comunicación y tradición que une en unos parajes totalmente aislados, donde el único medio de transporte útil son los propios pies. Sin pretenderlo desde niños se convierten en atletas. No entrenan para ninguna carrera porque siempre están preparados para ella. Seguramente ese es el secreto de su formidable resistencia cuando se trata de cubrir kilómetros.

Sandalias voladoras

Los rarámuri pocas veces salen de su entorno, la desconfianza les hace cautos, pero cuando lo hacen no pasan inadvertidos. Su puesta en escena internacional más sonada fue en los 90, cuando varios rarámuri apabullaron a los mejores corredores estadounidenses de ultratrail en la durísima Leadville Trail (Montañas Rocosas, EE.UU.), que cubre 100 millas por encima de los 3.000 m, subiendo y bajando 10.200 m de desniveles. Hasta la fecha el único español que ha participado es Sergio Garasa Mayayo, en 2010. Los campesinos rarámuri aceptaron correr en Leadville principalmente a cambio de alimentos (costales de grano y chivas) destinados a varias comunidades indígenas. En tres ediciones seguidas vencieron cómodamente. Victoriano Churo, Juan Herrera, Cirildo Chacarito, Felipe Torres, Manuel Luna, Martiniano Cervantes… aún son recordados por sus exhibiciones atléticas.

No volvieron a ser invitados por la organización a pesar de ser tradición hacerlo con todos los vencedores. Podría pensarse que unos tipos en taparrabos y con un trozo de neumático de desguace atado a los pies no aportaban el glamour heroico que la gran carrera de ultraresistencia ‘gringa’ pretendía para su imagen. ¿En qué lugar dejaron estos indios “desarrapados” a las grandes multinacionales de calzado running, diseñado por expertos de la biomecánica del pie?

Imaginemos, en la actualidad, el sobresalto en el departamento comercial de las famosas marcas patrocinadoras de conocidos ultratrails, ante un podium al completo de paisanos rarámuri, que corren casi descalzos y medio desnudos… y además no tienen facebook para seguimiento de fans. Cumplidos los 52 años y abuelo de varios nietos, el rarámuri Cirildo Chacarito fue el  primero en parar el crono en los 160 km del Ultramaratón de los Ángeles, la tarde anterior había encontrado el material necesario para hacerse sus sandalias en un vertedero. Con ellas ganó. ¡Demoledor!

Súper atletas

Hace 10 años tuve el honor de correr junto a rarámuris en su casa, en la barranca Sinforosa. Verles en acción desafiando distancias, desniveles y precipicios, acariciando el suelo con sus huaraches, fue imponente. Protegidos por las magias de sus chamanes y con el apoyo de su gente, los rarámuri impusieron un ritmo frenético en el cruce de la barranca más profunda e intransitable de todas. No es terreno fácil, en 2008 el fondo de la barranca Sinforosa se cobró la vida dos corredores. Hay tramos en los que un mal paso puede catapultarte al fondo del pozo de una sola zancada. Cuando arriba el frío azuza, abajo el calor es tropical, cuando arriba el sol abrasa, abajo reina la sombra. Es como si fuesen montañas al revés, donde para subir a las cumbres primero tienes que bajarlas. “La barranca no tiene compasión o sales por tus propios medios o te traga”, me advirtieron antes de recoger el dorsal.

Allí conocí a Arnulfo Quimare, entonces él tenía 23 años, venciendo a lo grande en la carrera de 100KM del Untramaratón de los Cañones. Apareció por meta en solitario, como un hombre llegado de la prehistoria, en taparrabos, con sandalias y palo en la mano. Tras cruzar el arco de llegada la expresión de Arnulfo era la de quien podría seguir sumando fácilmente otros 100 km en sus pies. Cámaras, fotógrafos y espectadores le acorralaron. Arnulfo se sentó, recuperó el aliento y levantó la mirada para mostrar cómo son los rarámuri: dignos, tímidos, austeros, sufridores, vulnerables... pero poseedores del secreto de la resistencia, como tribu y como corredores de larga distancia.

Pies ligeros

Quienes deseen compartir una competición con rarámuris deberán viajar a su territorio. A los confines del “mundo perdido” de las Barrancas del Cobre. Un enjambre de siete barrancas (Urique, Sinforosa, Batopilas, Candameña, Chinipas, Oteros y del Cobre) que es el equivalente a cuatro veces el gran Cañón del Colorado. Están modeladas por mesetas que superan los 3.000 m y profundas quebradas sin fondo. Allí se organizan tres carreras en las que pugnan juntos atletas ‘chabochis’ (blancos/mestizos) y rarámuris. Dos en el Ultramaratón de los Cañones, en la Barranca Sinforosa (Guachochi), con distancias de 63 y 100 km. Y otra, el Ultramaratón Cañón del Cobre-Caballo Blanco (Urique), de 80 km, fundado por el recientemente fallecido Micah True, ‘Caballo Blanco’, inspirador del libro ‘Nacidos para correr’.

En todas ellas los pies descalzos indios vencen a los pies sintéticos blancos. Mientras que nosotros utilizamos todo tipo de complementos energéticos y tejidos de última generación, ellos precisan de muy poco en carrera. Se avituallan de ‘pinole’, un brebaje a base de maíz molido disuelto en agua, y ataviados con cinta de pelo, taparrabos (faldones las mujeres), ‘quiote’ (palo) y simples sandalias, se defienden en los precipicios y en las eternas kilometradas con una facilidad prodigiosa.

Acosados por el hambre

Si en las barrancas correr es duro, más duro es vivir. La tradición del ‘kórima’, “Si tú tienes y yo lo necesito, dame, que yo te daré cuando tú lo necesites”… ha posibilitado a los rarámuri mantener su identidad. No es casualidad que habiten en un espacio natural tan severo y remoto. Solamente el laberinto de las Barrancas del Cobre fue refugio seguro para ellos durante la colonización española, cuando eran utilizados como esclavos en las minas de plata y oro, se les evangelizaba a la fuerza o se les ejecutaba en plaza pública para escarnio de rebeldes. Aquellas consecuencias y el actual “progreso” arrasador de tantas otras minorías étnicas, provocan que los rarámuri sigan subsistiendo a pulso y padeciendo una elevadísima tasa de mortalidad infantil.

Para colmo, la reinante presión armada de cárteles de narcos y la explotación maderera hostigan sin miramientos a los asentamientos rarámuri, obligándoles a desplazarse a lo más escondido de las barrancas. En tiempos, ni siquiera generales estadounidenses de la talla de George Patton y Black Jack Pershing, vencedores de dos guerras mundiales, fueron capaces de encontrar a Pancho Villa y sus revolucionarios en las profundidades de las Barrancas del Cobre.

A pesar de poner tierra de por medio cuanto se sienten hostigados, los rarámuri tienen un “silencioso” enemigo al que no siempre pueden esquivar: el clima. La pertinaz sequía del pasado verano, acrecentada en el posterior invierno helador (hasta 17 grados bajo cero), les han dejado sin cosecha de maíz ni frijoles, su dieta principal. No es una situación nueva para ellos pero es la de peores consecuencias de los últimos decenios. Recientes noticias reportan que sólo se come una vez al día… los niños están siendo las primeras victimas y las madres recién paridas tienen dificultades para amamantar.

Esperando a la lluvia

La primavera parece que tampoco está trayendo la necesaria lluvia salvadora. Además ya no queda remanente de grano para sembrar. Un informe del programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, de 2010, aseguraba que el Índice de Desarrollo Humano de algunos municipios de la Sierra Tarahumara, como Batopilas, era inferior al de Níger, en ese momento el país más atrasado del mundo. El drama humanitario que ahora se está viviendo no hace más que sumar puntos negativos en esa cruel lista de infortunios.

Hace unos meses, la noticia de que en la Sierra Tarahumara se podrían estar dando casos de suicidio entre rarámuris (lanzándose a los precipicios) por falta de alimento, convulsionó a la sociedad mexicana. Instituciones públicas y privadas se movilizaron y pronto llegó ayuda a las cabeceras de los municipios de la sierra. No obstante, las comunidades más distantes deben caminar jornadas enteras para llegar a los repartos de alimentos, y no siempre llegan a tiempo. Los primeros casos de muerte de niños por desnutrición comprometieron a los políticos a liberar recursos de auxilio. Según líderes locales, “en ocasiones buscando la foto y el voto”. Y se preguntan, “¿qué pasará cuando se relaje la presión mediática?, ¿qué pasará cuándo pasen las elecciones de julio?”…

Solidaridad entre corredores

Paradójicamente en Occidente nos fijamos en los rarámuri por sus excepcionales facultades atléticas. Queremos correr como ellos, hasta se ha puesto de moda correr descalzo, pero no reparamos en el elevado índice de mortalidad infantil que padecen, incluso sin que haya sequía. Iniciativas de colectivos mexicanos e internacionales están ayudando mediante proyectos sobre el terreno y donaciones. Una de estas acciones solidarias la llevan a acabo catedráticos y voluntarios de la Universidad Nacional Autónoma de México mediante un Banco de Semillas, para lo cual se plantará semilla de maíz autóctona en 25 hectáreas de riego. Gracias a esta siembra controlada, si este año sigue sin llover, se obtendrá semilla para distribuir en el próximo ciclo agrícola.

Como parte de la red de ayuda, sería deseable que las célebres multinacionales de zapatillas deportivas y empresas que hacen negocio inspirándose en la imagen y calzado rarámuri, comercializando zapatillas minimalistas, colaborasen de algún modo en aliviar las carencias que padecen esas comunidades indias. Seguro que sus clientes tendrían muy en cuenta el honorable gesto.

También los corredores que calzamos magníficas zapatillas running de 120 euros, clásicas o “novedosas” barefoot, podemos echar una mano a esa tribu de súper atletas que son los rarámuri. Al menos informando mediante nuestras redes sociales de la dramática situación que están sufriendo. Haciendo de altavoz de una crisis humanitaria que no llega a nuestras televisiones. Dándolo a conocer en la comunidad internacional. Recordando a los estamentos oficiales mexicanos el deber de asistir en lo posible a sus compatriotas.

Es momento de dejar de idolatrar simplonamente a los rarámuri por su gran fondo físico, por correr con meras sandalias, y pasar a brindarles socorro. Se trata de solidaridad entre corredores, de ‘kórima’ entre semejantes… ¡La necesitan urgentemente!

 

MÁS INFORMACIÓN:

Ultramaratón de los Cañones:

www.ultramaratondeloscanones.com

Ultramaratón Cañón del Cobre-Caballo Blanco:

www.coppercanyonultra.com

Vídeo corredores rarámuri:

www.youtube.com/watch?v=srBNx4IGTCA&feature=related 

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